Una gran injusticia

No se cansará ni desmayará, hasta que establezca en la tierra justicia; y las costas esperarán su ley. Isaías 42:4

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Hoy quiero compartir contigo una historia que cambió mi vida. Recuerdo el día que saqué a pasear mis ganas de leer y me encontre con un libro devocional sobre personas que amaron a Jesús hasta las últimas consecuencias. Allí entre esas páginas de mártires se encontraba una impresionante naración de injusticia. Recuerdo haber leido la misma página más de tres veces solo para tratar de comprender ¿por qué? Luego de un tiempo de reflexión y orar por esto puede ver algo maravilloso que cambió por completo la manera radical de como quiere vivir. Desde ese momento mi ¿por qué? cambio a ¡por quién!

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En Rumania se encontraba un Pastor llamado Florescu. El mismo tenía una iglesia clandestina y por esto había sido llevado por agentes comunistas. Le torturaron por dos semanas y le mantenían en una fría celda con ratas hambrientas. No podía dormir bien entre el frío y las heridas pero el amor a Jesús y el compromiso de no delatar el lugar de la iglesia y sus integrantes le daban fortaleza. Como la policía rumana notó que no delataba a los miembros de la iglesia buscaron a su hijo a ver si esto rompía el silencio del pastor.

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Ahora los agentes golpeaban y torturaban a Alexander, el hijo del pastor. Frente a los ojos de Florescu se encontraba la fuerte imagen de su hijo siendo atacado sin piedad con la posibilidad de enfrentarse a una muerte cruel e injusta. Florescu se quebró y grito: Alexander, ¡Tengo que decirles lo que ellos quieren! No soporto que te sigan golpeando. Su hijo, con todo el cuerpo magullado, sangre corriendo por su cara le miró a los ojos y le dijo: Padre, no me hagas la injusticia de tener un traidor por padre. ¡Mantente fuerte! Si me matan, moriré con la palabra ¡Jesús! en mis labios. La valentía de Alexander hizo molestar a los guardias y mientras su padre observaba le mataron. Ese día la valentía y compromiso con Jesús de un niño salvó a toda una iglesia.

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Por mucho tiempo no entendí esta injusticia, hasta que me percaté que estaba mirando a travez de los ojos de un padre en sufrimiento y no por los ojos de un hijo orgulloso de lo que su padre le había enseñado. Ese niño murió como un mártir del Reino de Dios y me regaló el poder entender que uno debe mantenerse firme en la fe sin importar qué, enseñar a otros hacer lo mismo y confiar que la justicia de Dios siempre es mejor que la humana.

A diario podemos ver miles de injusticias y cosas atroses a nuestro alrededor. Sin embargo nuestra confianza no está puesta en lo que vemos humanamente si no en lo que los ojos del hijo de Dios no enseñó a ver:

Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo. Juan 16:33 

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